Era mucho suponer.
Desde que
he llegado a esta casa, llena de gente y de animales, han dejado de
llamarme Perry. Todo el mundo me llama NO . Haga lo que haga, mi
nombre es NO. Si salto, gritan NO, y si ladro el NO se escucha hasta
en la aldea vecina. De modo que voy a dejarme de suposiciones . No me
queda otra que enfrentarme a la realidad, que, en este caso, se
llama Nela, es decir, la dichosa perra. No me entiende ni un poquito.
Cada vez que pretendo jugar con ella, le sale una especie de peineta
demencial, en lo alto de la cocotera, con todos los pelos erizados.
La muy infeliz me enseña los dientes con la misma ferocidad que un
doberman. Pobre... no se da cuenta de lo bajita y poca cosa que
resulta ser. Eso sí, a puñetera no le gana nadie. Porque ya no
tengo cojoncillos, que me los han quitado con esto de la adopción,
si no, ya se habría encargado Nela de machacármelos, dado que le
quedan justo a su altura. Un peligro, vamos.
Con quien, sin
embargo, cada vez me llevo mejor es con el gatín viejo. No sé si
es que ya no se entera de nada o que es un pasota, pero se deja
mordisquear, lamer y hasta que le salte encima. Bueno, esto último
ya le gusta menos. Me lo ha vuelto a demostrar con otro zarpazo
esta misma mañana que me ha dejado tocado, aunque no hundido, por
supuesto.
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